- El director del Laboratorio de Superficies y Nanomateriales plantea que 2026 no presenta señales positivas de cambios estructurales en inversión, pero sí una presión creciente por vincular ciencia e industria.
- Inteligencia artificial, desarrollo de materiales y alianzas estratégicas aparecen como ejes clave, pero falta avanzar en áreas como el litio y la electromovilidad.
El inicio de 2026 se proyecta sin variaciones en las políticas de financiamiento científico en Chile, pero con una creciente necesidad de orientar la investigación hacia aplicaciones concretas y una mayor articulación con la industria. Por otro lado, en la línea de formación de capital humano avanzado se ha anunciado el cese de las becas para la realización de postgrados en extranajero, y se cancelarán los proyectos InES. Esto definitivamente es una mala noticia si estos fondos no son redireccionados a potenciar los programas de postgrado nacionales. Así lo plantea Marcos Flores Carrasco, académico del Departamento de Física y director del Laboratorio de Superficies y Nanomateriales, quien advierte que, pese a la estabilidad, el sistema enfrenta desafíos estructurales pendientes.
Desde su perspectiva, no existen señales claras de cambios en la inversión pública en ciencia, tecnología e innovación ni estímulos de la inversión privada. “No ha habido un bando claro que diga que los instrumentos de financiamiento van a cambiar, ni tampoco una señal desde el gobierno central que indique un aumento del porcentaje del PIB destinado a esta área”, señala.
Sin embargo, identifica una orientación emergente en el discurso público, particularmente desde el Ministerio de Ciencia, hacia una investigación más aplicada. “Se quiere dar una señal potente de que hay que concretar más alianzas estratégicas entre universidades y las necesidades de la industria, llegar con más soluciones y orientar mejor la formación de posgrado”, explica.
En este escenario, la irrupción de la inteligencia artificial aparece como un factor transversal que redefine tanto la formación profesional como los procesos productivos. “Es un tema obligado: cómo impacta en la formación de los ingenieros, en las herramientas que van a utilizar y en cómo quienes ya están en el mundo laboral deben incorporarlas rápidamente”, afirma Flores. No obstante, advierte sobre sus riesgos: “Mal utilizadas, estas herramientas pueden generar desinformación o llevar a conclusiones erróneas, por lo que debemos encauzar esta discusión dentro de la academia”.
Uno de los principales desafíos identificados es la diferencia de ritmos entre la academia y la industria. Mientras la primera avanza en escalas de tiempo más largas, la segunda requiere soluciones inmediatas. “La empresa va a participar en la formación de capital humano altamente especializado siempre que eso le resuelva problemas concretos; de lo contrario, no tiene incentivo para financiarlo”, sostiene.
En ese sentido, propone fortalecer mecanismos como tesis de magíster y doctorado desarrolladas en conjunto con empresas, orientadas a resolver problemáticas específicas. Esto podría derivar, incluso, en una diferenciación más clara entre posgrados de carácter profesional y aquellos centrados en investigación fundamental.
Flores también plantea la necesidad de redefinir las políticas públicas en ciencia, más allá de aumentar el financiamiento. “Hemos tomado acciones que son tibias y que se mueven con las modas. Hay áreas estratégicas a nivel nacional, como el clima o los recursos naturales y energía, que deberían mantenerse como líneas prioritarias a largo plazo”, advierte, enfatizando la importancia de una mirada de Estado por sobre los ciclos de gobierno.
Entre las oportunidades, destaca el desarrollo de nuevos materiales como un campo con alto potencial de impacto en diversas áreas de la ingeniería, desde la energía hasta la biotecnología. A ello se suman iniciativas recientes como espacios de innovación y el avance en computación cuántica, que abren nuevas posibilidades para el ecosistema científico-tecnológico.
No obstante, el académico es crítico respecto a oportunidades desaprovechadas, especialmente en el ámbito del litio y la electromovilidad. “Contamos con una de las materias primas estratégicas, pero no hicimos una apuesta audaz, como ensamblar baterías. Nos quedamos en la extracción y procesamiento básico”, afirma.
A su juicio, el país aún está a tiempo de generar alianzas regionales que permitan avanzar en la cadena de valor. “Podríamos articularnos con Argentina en componentes y con Brasil en la fabricación de vehículos. Hay un mercado enorme que no deberíamos dejar pasar”, plantea.
Finalmente, subraya la importancia de avanzar hacia modelos que integren sostenibilidad y recuperación de recursos. “No se trata solo de extraer, sino de pensar en la reutilización, en la minería urbana y en qué materiales estratégicos recuperar. Ahí también hay conocimiento y riqueza”, concluye.
Con un escenario de relativa estabilidad en el corto plazo, la discusión sobre el futuro de la ciencia en Chile parece centrarse menos en cuánto invertir y más en cómo hacerlo, con una mirada estratégica que permita transformar conocimiento en desarrollo concreto.
Tal vez de esta manera la comunidad científica local puede contribuir a levantar Chile de su eterna promesa de país en vías de desarrollo.
