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El conocimiento también se extrae del territorio

Editorial por Ximena Moya.

La minería chilena acumula décadas de experiencia productiva, pero sigue dependiendo en buena medida de tecnología desarrollada fuera de sus fronteras. Cambiar esa lógica no es solo una aspiración académica: es una necesidad estratégica.

En un ciclo donde la transición energética presiona la demanda de minerales críticos y exige procesos más sustentables, la pregunta ya no es si Chile debe apostar por ciencia e innovación minera propia, sino cuánto tiempo puede permitirse no hacerlo.

Hay una paradoja que atraviesa la historia minera de Chile: el país que posee algunas de las reservas más grandes del mundo en cobre, litio y otros minerales críticos ha sido, por décadas, principalmente un proveedor de materia prima. La riqueza sale del suelo, pero el valor agregado, las tecnologías que hacen más eficiente su extracción, los procesos que reducen su impacto ambiental, las soluciones que extienden la vida útil de los yacimientos, se ha desarrollado mayoritariamente en otros lugares.

Esa brecha no es nueva, pero hoy tiene una urgencia distinta. La transición energética global ha convertido al litio, al cobre y a otros minerales en recursos estratégicos de primer orden. La electromovilidad, el almacenamiento de energías renovables y la descarbonización de las economías industrializadas dependen, en parte importante, de lo que ocurra bajo el suelo del norte chileno. La demanda crece. Las exigencias ambientales también. Y los métodos tradicionales de extracción enfrentan límites cada vez más visibles en términos de eficiencia hídrica, huella de carbono e impacto territorial.

En ese escenario, la investigación aplicada deja de ser un lujo académico para convertirse en una variable competitiva. No se trata solo de producir más, sino de producir mejor: con tecnologías que reduzcan el consumo de agua en zonas donde el recurso es escaso, con procesos que recuperen materiales que hoy se descartan, con soluciones diseñadas desde el conocimiento del territorio y no importadas de contextos geológicos y sociales radicalmente distintos.

Chile tiene condiciones para ese salto. Tiene territorio, tiene reservas, tiene comunidad científica y tiene instituciones con capacidad de articular la investigación con la industria. Lo que ha faltado, históricamente, es la decisión sostenida de invertir en esa cadena completa: desde el laboratorio hasta la faena, desde el paper hasta el proceso productivo. La transferencia tecnológica no ocurre sola. Requiere vínculos entre universidades y empresas, entre el norte que conoce el ecosistema minero y los centros que dominan el desarrollo tecnológico, entre la academia que genera conocimiento y la industria que puede escalarlo.

La minería del futuro no será la que extraiga más rápido, sino la que extraiga mejor. Y para eso, Chile necesita que su conocimiento esté tan bien localizado como sus minerales.