Se ha vuelto habitual sostener que Chile necesita formar talentos en investigación, desarrollo e innovación. La afirmación parece indiscutible, las implicancias no tanto.
Formar talentos no es sólo ampliar la matrícula de posgrados, ni aumentar indicadores de productividad científica, ni siquiera incrementar la inversión. Todo eso puede ocurrir, y aun así, el problema de fondo permanece. La pregunta que cabría hacerse es qué tipo de talentos y para qué se forman.
En el caso chileno, no hay distinción. El sistema educativo, en sus distintos niveles, ha tendido a privilegiar la instrucción por sobre la formación. Formar talentos supone introducir a las personas en una exigente relación con el conocimiento, una que no se agota en su uso, sino que lleva a cada estudiante a iniciar caminos propios para descubrir y dar sentido a lo aprendido, dándole propósito a su vida y aportar nuevo conocimiento que contribuya a la comunidad o sociedad.
Ese cambio de eje no es trivial. En muchos espacios educativos, especialmente en los más favorecidos, los estudiantes adquieren tempranamente un conjunto sofisticado de contenido y herramientas. Sin embargo, son rápidamente orientados hacia el exitismo. Se aprende a cumplir, a responder correctamente, a avanzar en trayectorias predefinidas. Lo que queda relegado es la capacidad de preguntar, de poner en entredichos, de construir soluciones inútiles -para lo que ya se conoce- y construir para lo que se imagina, para aquello que nadie invertiría ni compraría hoy.
La etapa universitaria, muchas veces profundiza la brecha. Opera como una extensión de la lógica escolar: asistencia, buenas notas, especialización temprana, presión por resultados, fragmentación del conocimiento y pasar ramos rápido. Se instruye más de lo que se forma.
Y la idea del talento se desdibuja. Se la asocia con desempeño, con logros medibles en notas, con indicadores, o más bien, sumas de algo. Pero el talento, si ha de tener algún sentido en el ámbito de la investigación y la innovación, es la capacidad de producir conocimiento nuevo, de establecer conexiones inesperadas, de cuestionar lo dado, de construir en equipos diversos. Emerge de un proceso formativo que enfrenta desafíos de actitud, disciplina, carácter, persistencia y por sobre todo voluntad propia y de maestros cuya trayectoria presume de aquello.
En ese contexto, la discusión sobre las brechas adquiere otra dimensión. Desde luego, existen desigualdades en el acceso, en los recursos, en las oportunidades. Pero hay una brecha menos visible, y quizá más decisiva, la distancia entre un sistema que declara valorar el conocimiento y unas prácticas, públicas como privadas, que lo subordinan a resultados inmediatos en vez de impactos.
Lo que aparece entonces, en el momento de la verdad, es una cierta inmadurez del sistema. Se promueve la innovación, sin un entramado educativo que la mantenga. Se apela a la ciencia y la tecnología como propulsores, con un vacío gigante en la cultura que las sostiene, sin cambios, sin inversión.
Entonces, la formación de talentos en I+D+i se transforma en un deseo más que en una política e inversión efectiva. Se la invoca, pero no se priorizan las condiciones que exige ni se privilegia. Y esas condiciones, básicas, nos piden a gritos, tomarnos en serio el conocimiento.
Formar talentos no sólo consiste en producir en masa especialistas calificados, es un compromiso que hace del saber algo valioso para cada persona, para el mundo, más allá de una mera función de utilidad. Es la nueva cancha que marcará la diferencia entre los profesionales con futuro laboral y los desempleados, sin posibilidad de acceder al mundo del trabajo totalmente transformado por la IA.
Mientras esa convicción no cale profundo, formar talento seguirá siendo un eslogan, o en el mejor de los casos, una inocente carta al viejito pascuero.
