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Un viaje de la industria a la ciencia, ida y vuelta

  • Andreina García, subdirectora del AMTC de la Universidad de Chile, llevó una tecnología que remueve arsénico del agua basada en nanotecnología hasta el nivel de madurez TRL8. Hoy, con una spin-off en marcha, sostiene que lo más difícil no fue la ciencia, sino convencer a la industria de abrirle la puerta.

Andreina García creció en una ciudad minera y petrolera de Venezuela, donde la industria daba trabajo a casi todos, pero también dejaba huellas visibles en el aire, el agua y la salud de las personas, incluida su propia familia. De esa experiencia nació una convicción temprana: quería ser ingeniera, pero una que ayudara a mejorar la calidad de vida en entornos como ese. «Siempre supe que quería ser una ingeniera que contribuyera a mejorar la calidad de vida de
las personas, porque crecí en un entorno afectado por ese tipo de industria», recuerda. Se formó en ingeniería química con foco en procesos más sostenibles y, en un principio, su horizonte era la industria, no la ciencia. Con el tiempo entendió que, para hacer una ingeniería realmente disruptiva, primero necesitaba investigar.

Así llegó al doctorado en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), donde se especializó en materiales avanzados y nanotecnología aplicados a la remediación ambiental de contaminantes asociados a la industria del petróleo. Su tesis obtuvo un reconocimiento nacional y le abrió muchas puertas, pero García tomó otro camino. «Quería formar familia y explorar otras cosas», cuenta. Se vino a Chile sin oferta laboral, para estar con quien hoy es su esposo, que hacía su doctorado en el país. Su primer puesto fue como investigadora postdoctoral, en la categoría más joven del Advanced Mining Technology Center (AMTC) de la Universidad de Chile. Trece años después, es subdirectora del centro, lidera una línea de investigación relacionada con gestión de residuos mineros y es profesora asociada del Departamento de Ingeniería de Minas. El cambio de país implicó también un cambio de problema. Su experiencia venía del petróleo y Chile le planteaba los desafíos de otro sector, la minería. «Lejos de desmotivarme, eso me impulsó a comprender los problemas para poder contribuir con este país», afirma. Adaptó lo que sabía sobre el diseño de materiales avanzados para contaminantes orgánicos a una nueva aplicación: metales y metaloides como el arsénico.


Desde su Laboratorio de Materiales Avanzados para una Minería Sustentable desarrolló SolArsenic, un sistema que usa un nanomaterial para remover arsénico del agua. La tecnología cuenta con patentes concedidas y nuevas solicitudes en curso, fue presentada como caso de éxito LATAM en un foro de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) y le valió a García su inclusión entre las «25 Mujeres en la Ciencia Latinoamérica» de 3M en 2023,
entre otras distinciones.

La investigadora resume la ruta tecnológica de SolArsenic en etapas que pueden servir de guía a quienes recién se inician en la transferencia. La primera es fundamental: validar a escala de laboratorio, con instrumentos, como Fondecyt por ejemplo, que permiten validar la hipótesis y el sustento científico. La segunda, que en su caso fue un Fondef IDeA, busca llegar en unos dos años a un prototipo. «Es pasar del vaso de laboratorio a un sistema con una escala mayor, pero sin necesidad de ser una planta industrial», explica. Ahí aparecen desafíos nuevos, como escalar los materiales e integrar todos los componentes, y la multidisciplina se vuelve indispensable. «Yo soy especialista en ciencia de materiales, pero no soy ingeniera hidráulica ni ingeniera mecánica, disciplinas necesarias para desarrollar una planta industrial», reconoce.


La tercera etapa, financiada por un Fondef de Investigación Tecnológica, consistió en llevar ese prototipo a una planta piloto validada en un entorno real, con pruebas en localidades del norte como Socaire, en San Pedro de Atacama. Es el paso de un TRL 4 a un TRL 7 u 8, donde los problemas ya son más tecnológicos. «Te permite acercarte a la industria y decirle: pasé de un vaso a una planta piloto y funciona igual de bien», señala. Pero después viene lo que García considera el salto más peligroso: el escalamiento industrial. «Si la industria no está interesada, ahí hay riesgos importantes», advierte. Por eso, desde las primeras etapas incorporaron a entidades asociadas, como la empresa de tratamiento de aguas Glauben Ecology, que, apuesta por incorporar innovaciones hechas en Chile a su portafolio, y mineras como Codelco, interesada en validar la tecnología para matrices asociadas a la minería. Con la tecnología validada y actores interesados, faltaba quién la masificara y la llevara al mercado. «Nos dimos cuenta de que faltaba un eslabón en el modelo de negocio», dice. Así nació una spin-off, SyMA Tech, una empresa de base científico-tecnológica en la que García participa como asesora científica y accionista minoritaria, condición que responde a sus
restricciones como funcionaria pública. Parte del equipo de investigación que la acompañó también forma parte de los accionistas minoritarios, mientras un equipo mayoritario se encarga de llevar la tecnología a otro nivel. Hoy avanzan las negociaciones con la universidad y buscan inversionistas ángeles. «Tenemos mucho optimismo de que esta es la ruta a la transferencia», asegura.


Mirando hacia atrás, García no duda al identificar el mayor obstáculo. «Una de las cosas más difíciles, sin duda, es relacionarte con la industria. El canal de comunicación no fue fácil y la aceptación temprana tampoco», afirma. Las barreras son conocidas, como la empresa que ya resuelve el problema con tecnología internacional, alemana, china o más barata. «Competir con tecnología hecha en casa, puede ofrecer resistencia, hasta que logras demostrar la competitividad», explica. Reconoce, eso sí, que el escenario ha cambiado: hoy la mayoría de las grandes mineras del país cuenta con gerencias o unidades de innovación que siguen de cerca lo que se desarrolla en centros como el AMTC.

También ha cobrado fuerza el camino inverso, el de partir desde la necesidad de la industria, que fue justamente cómo inició su carrera. Para García, la primera pregunta es quién tiene el problema. «Más allá de qué quiero hacer, hay que preguntarse cuánto de lo que quiero hacer tiene un doliente, un cliente, un beneficiario», plantea. La segunda es qué diferencia tiene mi solución respecto a lo que ya existe, porque si el problema está resuelto comercialmente, se compite contra un mercado robusto. Esa diferencia debe demostrarse primero en lo técnico, pero luego también en lo económico— «una pregunta que la industria siempre hace con mucha fuerza», dice— así como también en los indicadores socioambientales, en la huella ambiental de tu solución, que hoy pesa cada vez más en las decisiones.

Para quienes están pensando en emprender desde la investigación, su consejo es concreto: poner esas preguntas por escrito. «Si todas esas preguntas tienen un check a favor, que se lance a la piscina», dice. En el caso de la minería, agrega, los desafíos de futuro están bastante bien definidos y muchos tienen un componente socioambiental, además de productivo, lo que abre espacio a la innovación. «Hoy veo más motivación. Hay varios programas que impulsan la creación de empresas de base científico-tecnológica y oportunidades de mentoría», concluye. «Después vienen pruebas de fuego más importantes, como masificar, comercializar y conseguir inversión, pero el ecosistema se está moviendo ».

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