- Linda Daniele, geóloga y directora del Centro de Tecnologías del Agua CAPTA, advierte que el agua subterránea es el patrimonio hídrico oculto del país y que sin entenderla y gestionarla correctamente, ninguna respuesta al cambio climático será suficiente.
Desde la megasequía de 2009 los derechos de agua subterránea se han otorgado a un ritmo acelerado en Chile Central, una señal de que ya estamos acudiendo a esa reserva invisible porque la superficial ya no alcanza. La geociencia, sostiene Daniele, es la base que la ingeniería necesita para que sus obras perduren.
Cuando se habla del Día de la Ingeniería, la imagen más inmediata suele ser la de un puente, un edificio o una carretera. Lo que rara vez aparece en ese cuadro es el agua que corre invisible bajo nuestros pies, alimentando, acuíferos y reservas que sostienen ciudades, campos y actividades productivas enteras. Para Linda Daniele, geóloga y directora del Centro de Tecnologías del Agua (CAPTA), ese olvido no es menor: «El agua subterránea ha ido adquiriendo siempre más un rol protagónico en todas las actividades que desarrollamos y su entendimiento y gestión es uno de los desafíos globales actuales. Esta agua invisible es nuestro patrimonio hídrico, es nuestra reserva oculta y representa la mayor parte del agua dulce líquida del planeta.»
Los datos que el propio CAPTA ha analizado para Chile Central confirman que ya estamos recurriendo masivamente a esa reserva. Desde finales de los años 80 se han otorgado derechos de agua subterránea de forma sostenida, y ese ritmo se aceleró notoriamente a partir de 2009 y 2010, el período que los especialistas identifican como el inicio de la megasequía. «A este recurso acudimos cada vez que el agua superficial es escasa o de poca calidad», explica Daniele, quien también subraya una dimensión que suele quedar fuera del debate: «Es importante recordar que el agua no solo tiene que estar, sino que su calidad tiene que ser apta a los usos que necesitamos.»
Aquí es donde la geología entra en diálogo directo con la ingeniería. Daniele sostiene que la geociencia no es un complemento opcional sino la base sobre la que deben construirse los proyectos de infraestructura que aspiren a durar. «La ingeniería se ejecuta en la parte más superficial del planeta y el conocimiento geocientífico sólido es la base para ejecutar proyectos de ingeniería que perduren en el tiempo, sean más seguros y resistan mejor a los desastres. Es la base de la cual se debe partir para que nuestra infraestructura sea capaz de adaptarse a las necesidades modernas», señala, y recuerda que los problemas de agua registrados hace algunos años en obras del metro de Santiago son un ejemplo concreto de lo que ocurre cuando ese conocimiento no se integra desde el inicio.
Frente a la incertidumbre climática, Daniele identifica tres niveles en los que Chile debe actuar de forma simultánea. El primero es profundizar el conocimiento del ciclo del agua subterránea en el país. El segundo es desarrollar sistemas de monitoreo y alerta que permitan anticipar cambios y no solo reaccionar ante ellos. El tercero, y quizás el más complejo, es de gobernanza: «Las políticas y normas deberían adecuarse a estas nuevas circunstancias. Muchas veces los tiempos de los cambios no conversan y no logramos adaptar o generar los cambios en función de las necesidades hídricas de la sociedad.» A eso se suma la necesidad de infraestructura hídrica multipropósito, conectada a los territorios y a las cuencas, capaz de operar a diferentes escalas.
La visión que Daniele tiene de la ingeniería del futuro no es la de grandes obras que dominan el paisaje, sino la de soluciones que se integran con él. «Yo pienso que nuestro bienestar pasa por vivir y disfrutar un entorno más natural. Las ciudades del futuro necesitan moverse hacia soluciones que incorporen tecnologías que permitan usar y reusar los recursos disponibles», afirma. En esa línea, destaca que las innovaciones a pequeña y mediana escala son percibidas como más cercanas y mejor aceptadas por la sociedad, porque la gente logra identificarse con su entorno a escala humana. La ingeniería, en ese esquema, deja de ser un conjunto de obras monumentales para convertirse en una disciplina que transforma el territorio desde adentro.
Para las jóvenes que hoy estudian ingeniería y ven en la hidrogeología y el medioambiente una forma de transformar el país, el mensaje de Daniele es claro: esa intuición es correcta y el momento para actuar es ahora. En cuanto a las barreras que todavía enfrentan para llegar a posiciones de liderazgo en centros tecnológicos o departamentos de investigación, la geóloga reconoce que los sesgos persisten, pero confía en el rol transformador de la universidad. «La educación puede aportar mucho a generar los cambios necesarios para que en algunas profesiones el género no sea un factor limitante. La universidad tiene un potencial transformador que está apuntando a reducir estas diferencias», concluye.
