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La física que piensa que Chile debe dejar de copiar al primer mundo y empezar a resolver sus propios problemas

  • Carla Hermann, investigadora en óptica cuántica, sostiene que Chile tiene el talento científico para desarrollar tecnología de punta, pero que le falta construir las interfaces entre disciplinas, la infraestructura estratégica y la voluntad política para tratarlo como una visión de Estado y no como el proyecto de turno de cada gobierno.

Hay una distancia enorme entre descubrir un principio físico en el laboratorio y convertirlo en una tecnología que alguien pueda usar. Carla Hermann, investigadora en óptica cuántica, conoce bien ese trecho y cree que Chile lo ha subestimado demasiado tiempo. Su área de trabajo, óptica cuántica para el sensado cuántico, opera en condiciones altamente controladas: ruidos mínimos, temperaturas extremas, sistemas delicados que no se parecen en nada al mundo donde eventualmente deberían funcionar. Llevar esa tecnología desde el laboratorio hasta la realidad no es un problema de ciencia pura. Es un problema de colaboración, y esa colaboración en Chile todavía falla.

«Desde mi perspectiva como física, la colaboración interdisciplinaria a esta altura no es opcional. Es estructuralmente necesaria si queremos que las tecnologías salgan del laboratorio. La ciencia fundamental genera principios, pero la ingeniería los transforma en sistemas robustos, escalables y utilizables. Sin embargo, esa traducción no es lineal: requiere un diálogo constante entre disciplinas, cosa que falla y mucho», afirma Hermann. En su propio campo, las tecnologías cuánticas como el sensado o la comunicación exigen integrar fotónica, ciencia de materiales, electrónica y ciencia de datos al mismo tiempo. «No podemos solos. No fuimos formados para hacer productos tecnológicos ni menos aún comercializarlos», reconoce sin rodeos.

El diagnóstico que propone Hermann para Chile es estructural: «Los países que avanzan no son solo los que tienen excelencia disciplinaria, sino los que construyen interfaces entre disciplinas. Nosotros debemos avanzar en aquello, porque nos falta.» Pero además de construir esas interfaces, propone algo que va contra el reflejo habitual de mirar hacia el norte: dejar de intentar replicar los problemas del primer mundo y concentrarse en los propios. «Es un error tratar de seguir al primer mundo. Sus problemas no son los nuestros y no podemos competir con su nivel de financiamiento en muchas áreas, pero sí podemos ofrecer tecnología de punta solucionando temas que para nosotros sean relevantes (minería, telescopios en el norte, etc.)», sostiene. En esa línea, identifica áreas concretas donde Chile podría desarrollar capacidades propias: laboratorios avanzados en fotónica clásica y cuántica, espacios para prototipado y escalamiento, e integración real entre universidades, industria y startups. “Hay ejemplos de esto: NotCo, Acústica Marina, Spora Biotech, etc.”

Para que eso ocurra, sin embargo, se necesita algo que ha faltado de manera crónica: continuidad. «La ciencia debe ser una visión de Estado y no de quien gobierne. Nada se sostiene firme en la incertidumbre periódica», dice Hermann con énfasis. La infraestructura que propone no es solo física, sino también humana: equipos interdisciplinarios bien formados, financiamiento de largo plazo y una estrategia país que no cambie cada cuatro años. «Chile tiene talento científico. El desafío es crear las condiciones para que ese conocimiento se transforme en tecnología, lógico sin descuidar la ciencia fundamental de donde se sostiene el resto», resume.

Pero la conversación sobre quién desarrolla esa tecnología no puede separarse de quién tiene acceso real a hacerlo. Hermann es directa al hablar de los sesgos que persisten en áreas como la física, históricamente masculinizadas. «Uno de los sesgos más persistentes es la asociación implícita entre liderazgo y ciertos rasgos tradicionalmente masculinos. La asertividad se interpreta de manera distinta según quién la ejerza, y muchas veces la autoridad técnica se cuestiona más cuando viene de una mujer», explica. A eso se suma un sesgo estructural menos visible pero igualmente efectivo: la evaluación de las carreras científicas bajo modelos lineales e ininterrumpidos que no reflejan la realidad de quienes asumen roles de cuidado. Según la última radiografía de género del Ministerio de Ciencia en carreras STEM, el 65 por ciento de esa carga recae en mujeres en Chile.

El tercer sesgo que identifica es quizás el más difícil de erradicar porque opera en silencio. «El más sutil es la necesidad constante de revalidar la propia competencia. Incluso en niveles avanzados, muchas mujeres deben demostrar reiteradamente algo que a sus pares hombres se les da por sentado», señala. Frente a eso, Hermann cuestiona la narrativa dominante de que el problema se resuelve inspirando a niñas y jóvenes. La inspiración es necesaria, coincide, pero insuficiente. «Una pérdida de talento importante ocurre en etapas intermedias o avanzadas. La retención no se logra solo con inspiración, sino con cambios estructurales», afirma, y enumera lo que considera condiciones mínimas: reconocer el cuidado como parte de la vida y no como una desviación, generar trayectorias laborales más estables, evaluar considerando el contexto y no solo la productividad bruta, y crear entornos donde las mujeres no estén aisladas sino que exista masa crítica. «El talento no desaparece, está en todas partes, pero las oportunidades no. Son los sistemas y las estructuras los que no logran sostenerlo», concluye.

Sobre las cuotas de género, Hermann tiene una posición matizada. «Las cuotas pueden ser un punto de partida, pero no abordan el problema de fondo. Es como el paracetamol para la fiebre: se necesita, sí, porque hay que atacar la fiebre, pero no basta con eso.» Las políticas que le parecen más efectivas son las que crean condiciones habilitantes: financiamiento flexible que considere los ciclos de vida, programas de movilidad que integren la realidad del cuidado, criterios de evaluación transparentes y criterios institucionales que incentiven liderazgos inclusivos. «En mi experiencia, la equidad emerge cuando el sistema está diseñado para la diversidad, no cuando las personas deben adaptarse a estructuras rígidas», dice.

La propia trayectoria de Hermann ilustra esa tensión. La maternidad, cuenta, transformó profundamente su manera de entender la productividad y el liderazgo. «Me obligó a dejar un modelo basado en la disponibilidad constante, y a pasar a uno centrado en la claridad, la priorización y la confianza. Hoy valoro más la eficiencia que la presencia, y los resultados por sobre las horas», afirma. Como jefa de equipo, eso también cambió cómo entiende su rol: «Yo, como jefa, entiendo que tienen vidas propias y no es mi CV el que se debe inflar, sino velar por la formación de ellos. Esa debe ser siempre la prioridad. Servirles a ellos, y no servirse de ellos.»

Para las jóvenes que hoy consideran una carrera en ciencia o ingeniería, el mensaje de Hermann no es el de quien romantiza el camino. «No necesitas encajar en un molde para aportar a la ciencia o la tecnología. No necesitas sacrificarlo todo para ser exitosa. Rodéate de buena gente que sí trabaje duro, pero sin abusos», dice. Y agrega algo que sabe por experiencia propia: «La ciencia es exigente: requiere rigor, perseverancia y tolerancia a la incertidumbre. Necesitas ser muy resistente porque la gran parte del tiempo nada funciona, hasta que funciona.»

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