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La nueva Era del Conocimiento: agilidad para adaptar y adoptar

Durante décadas, vimos que el éxito científico era un proceso estandarizado: desarrollar un proyecto, investigar, redactar, publicar, ser citado, y aumentar la productividad publicando cada vez más. Construimos una carrera sobre la ruta dada por reconocidas revistas, número de publicaciones y citas. Con algo de suerte y mucha tenacidad esa investigación podía dar paso a una patente o una spinoff, como un logro afortunado.

Hoy, una inteligencia artificial lee, sintetiza y cruza miles de publicaciones en cuatro segundos, realizando el trabajo de revisión al que le dedicábamos años. Al mismo tiempo, en Asia y en las fronteras tecnológicas globales, la investigación no pasa por un comité editorial: se conecta directamente a la industria y se despliega en el mercado en cuestión de meses. Mientras discutimos el formato de un próximo artículo, el mundo ya dejó de leer revistas. A cambio aprendió a usar las redes sociales donde además comprendió el concepto y lógicas de los algoritmos.

Para las universidades, competir contra los algoritmos, la conectividad virtual y la inmediatez es una batalla perdida. La única frontera insustituible es volver a lo esencialmente humano: la capacidad de escuchar a las comunidades, entender los dolores de los territorios y formular las preguntas que las máquinas ni siquiera saben que existen. Hoy la ciencia dejó de canalizarse y conocerse mediante artículos; se transfiere cuando se decide que la reacción química, el código o el material que se investiga va a garantizar la disponibilidad de agua dulce, la energía para alumbrar o calefaccionar, cuando permite conectar la gran ciudad con una comuna para que sus habitantes puedan acceder a nuevos trabajos, cuando madres y padres llegan a casa en tiempos razonables, cuando permite curas para personas condenadas por algún cáncer o tratamiento inalcanzable.

En Chile, como en el mundo entero, cambiaron las reglas del juego para la academia y la ciencia y nadie nos envió un comunicado. Simplemente pasó, igual que la revolución industrial no les avisó a los artesanos. A nivel global, vemos que la carrera también partió hace rato. En Asia, potencias como China o Corea del Sur han redefinido el ecosistema: la ciencia nace directamente integrada a la matriz industrial y se traslada al mercado sin mediar publicación. En un planeta interconectado donde las ideas circulan instantáneamente y las tecnologías se adoptan en meses, las instituciones del conocimiento enfrentan dos disyuntivas inevitables: ¿cuál será nuestro nuevo rol y con qué celeridad asumiremos la transformación?

Nuestra invitación hoy es para que se instale la adaptación y la adopción. Transformar el talento y el conocimiento en las herramientas más potentes de desarrollo. Los territorios de esta larga y angosta faja de tierra exigen respuestas rápidas a dolores muy concretos. En un país tensionado por el creciente costo de las cuentas básicas y la desigualdad de estándares de vida, el éxito de la ciencia estará determinado por soluciones tecnológicas que abran paso a la prosperidad y al bienestar.

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