- Nadia Mery, académica del Departamento de Ingeniería Civil de Minas, aplica machine learning y geoestadística para modelar depósitos minerales con mayor precisión y reducir la incertidumbre en la toma de decisiones de la industria.
Chile no sería el mayor productor de cobre del mundo sin saber exactamente dónde está ese cobre. Esa tarea, aparentemente simple, esconde décadas de ciencia aplicada: es necesario cuantificar, modelar e inferir la distribución de minerales en el subsuelo antes de que una pala toque la roca. Nadia Mery lleva años perfeccionando esa labor desde la academia, y hoy lo hace con las herramientas más avanzadas disponibles.
Académica del Departamento de Ingeniería Civil de Minas de la Universidad de Chile e investigadora del Advanced Mining Technology Center (AMTC), Nadia trabaja en el cruce entre geoestadística e inteligencia artificial. Su foco: construir modelos de recursos minerales más robustos utilizando machine learning y deep learning para anticipar con mayor certeza dónde se encuentran depósitos de cobre, oro o contaminantes en el subsuelo.
«Cuantificamos dónde están, cuánta es la cantidad de cobre, de oro, de contaminantes que existen para poder conducir a mejores tomas de decisión.» Comenta Nadia Mery, académica Universidad de Chile e investigadora AMTC.
La aplicación de analítica avanzada en el modelamiento de yacimientos representa un salto cualitativo frente a los métodos tradicionales. Los modelos convencionales de estimación de recursos dependen de interpolaciones estadísticas que pueden subestimar la variabilidad geológica. Al incorporar redes neuronales y algoritmos de aprendizaje profundo, es posible capturar patrones complejos en los datos de sondaje que los métodos clásicos pasan por alto, reduciendo así la incertidumbre que afecta las decisiones de inversión en etapas tempranas de un proyecto minero.
Pero la investigación, advierte Nadia, no puede avanzar en soledad. Uno de los cuellos de botella más persistentes en la relación academia-industria son los tiempos: las empresas necesitan respuestas en semanas; las universidades operan en ciclos de meses o años, y los procesos administrativos —desde los acuerdos de confidencialidad hasta el acceso a datos— pueden consumir buena parte del tiempo disponible antes de que comience siquiera el trabajo técnico.
«Si hubieran procesos que facilitaran la tramitación de acuerdos de confidencialidad o lo que sea necesario desde un punto de vista administrativo, también sería útil.» Afirma Nadia.
Su propuesta para reducir esa brecha es pragmática: gestionar expectativas con claridad desde el inicio. «A lo mejor la industria que requiere una solución en tres meses necesita que uno le diga: en tres meses te puedo presentar una propuesta, un mapa conceptual de lo que te puedo ofrecer», señala. Esa transparencia sobre los tiempos reales, sostiene, es condición necesaria para que los proyectos conjuntos fluyan.
El desafío no es solo técnico ni institucional: también es cultural. Nadia llegó a ingeniería en minas cuando las mujeres eran una minoría marginal en la carrera, y debió sortear cuestionamientos sobre su rol en una industria históricamente masculina. Hoy, como docente, ve aulas con paridad de género y se encarga de que sus estudiantes reconozcan que las mujeres también construyeron el conocimiento científico de su disciplina: cita papers de investigadoras en clases, visibilizando nombres que los formatos académicos tradicionales tienden a ocultar.
«Intento dentro de mi área destacar a aquellas que han hecho trabajo y aporte significativo, para que las estudiantes digan: yo también puedo ser esa persona.» Nadia Mery.
Para las nuevas generaciones de investigadores, su mensaje es concreto: no perder la curiosidad. «Esa curiosidad, ese cuestionamiento te hace buscar primero desafíos y problemáticas, y luego buscar soluciones o alternativas», afirma. En una industria que enfrenta simultáneamente presiones ambientales, de seguridad y de eficiencia económica, esa disposición a cuestionar lo establecido no es solo una virtud académica. Es, según Nadia, la materia prima del cambio.
