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¿Qué transferir cuando el conocimiento está en todas partes?

Editorial por Ximena Moya

Durante décadas, las universidades han ocupado un lugar privilegiado en la generación de nuevo conocimiento. Desde sus laboratorios, centros de investigación y grupos académicos han surgido descubrimientos capaces de transformarse en tecnologías, productos y soluciones para la sociedad. Bajo esa lógica, la transferencia tecnológica ha buscado construir un puente entre el conocimiento generado dentro de la universidad y quienes pueden llevarlo al mercado o convertirlo en impacto.

Pero la irrupción de la inteligencia artificial nos obliga a repasar las preguntas básicas ¿cuánto tiempo más se mantendrán nuestros trabajos de la misma manera?, ¿cómo se transformará el delivery del conocimiento?

Hoy tenemos acceso a herramientas capaces de procesar enormes volúmenes de información, conectar conocimientos provenientes de distintas disciplinas, identificar patrones y acelerar procesos que hasta hace poco requerían meses o años de trabajo especializado. La información y las capacidades para trabajar con ella se están distribuyendo a una velocidad inédita. En este escenario, una solución relevante para una industria puede generarse en cualquier parte del mundo, en cualquier escritorio o garage, no necesariamente saldrá desde una universidad, un centro de investigación o un instituto tecnológico.

Y ahí aparece una paradoja especialmente interesante para quienes trabajamos en transferencia tecnológica: podríamos estar aportando a construir las herramientas para transferir conocimiento bajo  la “matrix”, un sistema autopoiético anticipado por Maturana y Varela.

Si las soluciones pueden surgir desde empresas, startups, comunidades, equipos independientes o personas que utilizan inteligencia artificial para acceder y combinar conocimiento altamente especializado, en los siete continentes ¿será perdurable en el corto plazo que las universidades concentren todos sus esfuerzos en identificar resultados de investigación, protegerlos y buscar, posteriormente, quién podría utilizarlos?

Se vislumbra que el nuevo valor de las universidades ya no estará únicamente en ser el lugar donde se origina conocimiento y soluciones, sino el lugar con lenguajes comunes, capacidades multidisciplinarias interconectadas, equipos resilientes de alto desempeño, capaces en tiempo real de validarla, conectarla, profundizarla y generar la confiabilidad a nivel de usuario final; aportar infraestructura y conocimiento especializado, articular al unísono capacidades únicas que difícilmente podrían desarrollarse de manera aislada.

La inteligencia artificial no elimina la necesidad de generar conocimiento científico ni vuelve prescindibles a las universidades. Pero sí cuestiona una posición que durante mucho tiempo dimos por sentada: que el conocimiento especializado era escaso, difícil de acceder y estaba concentrado principalmente en determinadas instituciones.

La discusión sobre inteligencia artificial nos invita a preguntarnos qué universidad y sus capacidades científicas necesita una sociedad en la que acceder, combinar y utilizar conocimiento será cada vez más fácil, y por otro lado, escuchar grupos de pensamiento que, con convicción, creen que la ciencia se reduce a un bonito libro de estantería.

Desde la transferencia tecnológica, nos conviene abrazar esa pregunta ahora. Porque existe un riesgo mayor: querer implementar perfectamente una herramienta o tecnología y constatar que, el problema que se buscaba resolver, dejó de existir hace rato en las manos de la generación Alfa.