Editorial por Ximena Moya
Durante años, la innovación se ha posicionado como la gran promesa para el salto al desarrollo. Se habla de tecnología, conocimiento y economía del futuro. Sin embargo, al desnudar la estructura real de nuestra industria, no encontramos una transformación profunda, sino una convivencia entre un discurso moderno y prácticas obsoletas.
La I+D+i no ha logrado penetrar el modelo económico como un eje estructural; persiste como una capa superficial que no altera el corazón del negocio. Coexiste con lógicas extractivas de baja complejidad y con empresas que desplazan la construcción de capacidades a largo plazo por la eficiencia inmediata.
Uno de los obstáculos centrales no es la falta de instrumentos, financiamiento o políticas públicas. El problema es más bien cultural: una matriz productiva que no ha internalizado el conocimiento como activo estratégico. Aquí, la innovación sigue siendo vista como un gasto, un riesgo o un experimento de laboratorio, pero difícilmente como una condición indispensable de competitividad.
Nuestro entorno ya no tolera el inmovilismo. La crisis climática, manifestada en los recientes y devastadores incendios forestales, la transición energética y la reconfiguración de las cadenas globales de valor están reescribiendo las reglas del juego. En este escenario, aferrarse a modelos de baja sofisticación no es conservadurismo: es fragilidad estructural.
Transformar no es simplemente digitalizar ni sumar herramientas; es cambiar la lógica del valor. No se trata de crear gerencias de innovación, sino de reordenar las prioridades corporativas. El desarrollo no ocurre por una sumatoria de proyectos ligados a la operación, sino cuando desarrollar conocimiento y modelarlo en torno a los negocios actuales y futuros se convierte en el centro de la toma de decisiones.
El debate sobre el futuro de Chile ya no está definido por la política pública; sino en la industria. En su visión y decisión para dejar de gestionar recursos y comenzar a gestionar talentos y conocimiento aplicado.
El 2030 no será una meta simbólica, sino un antes y un después. Separará a quienes construyeron una economía adaptativa y resiliente de quienes se quedaron administrando la inercia. Esa diferencia marcará la anticipación y audacia de las decisiones estratégicas que se implementan, y marquen los grandes saltos, a nivel productivo.
